sábado, 6 de junio de 2009

FRANCISCO IGARTUA – EDITORIAL – Sigue en marcha la farsa electoral – Revista Oiga 9/01/1995

Años atrás, en tiempos de Leguía y otros dicta­dores, los guardias y so­plones ingresaban a una imprenta, volteaban los chivaletes, deshacían las formas... Y la publi­cación que molestaba al régimen que­daba paralizada por un buen tiempo. Ordenar tipos y cajas significaba un largo y tedioso trabajo improductivo que desanimaba a muchos y a los más decididos los silenciaba por un buen tiempo. Eso se llamaba amansar a la prensa. Sólo más tarde se llegaba a la clausura, la cárcel y la deportación, Con otros rebeldes se usaba la dádiva para callarlos.

Con el correr del tiempo los métodos represivos fueron cambiando, se hicieron más sofisticados y la compra de conciencias más comercial, más abier­ta. Habíamos llegado a la era de la publi­cidad... Hasta llegar hoy, a los felices días un gobierno militar que ha tenido la habilidad de colocar en la presidencia a un civil de ojos rasgados, complaciente con el Fondo Monetario y el Banco Mun­dial. Los ojos presidenciales y sus com­placencias con el mundo financiero son su gran escudo frente a la comunidad internacional y su licencia para hacer, en la política interna, lo mismo que ha­cían los viejos despotismos, aunque con las modernas sofisticaciones de la hora.

Por ejemplo, en estos días ha sido silenciado el Canal 11, la única señal televisiva de abierta oposición al régi­men. Esta vez no hay chivaletes voltea­dos con la tipografía por los suelos. La señal de Canal 11 ha sido volada. No con una bomba contra la rotativa como antaño, sino con una descarga eléctrica que ha destrozado el monitor. Al mo­mento de escribir estas líneas son ya cuatro los días sin imagen ni voz en la pantalla de Canal 11... Mientras las otras televisoras callan. Y callan también los órganos de prensa. Hasta aquellos que, por tradición, saben que cuando se abu­sa de un órgano de expresión se está abusando de la prensa toda. Pero, ¿qué se puede esperar de empresas –expre­samente no digo periódicos– que en lugar de exigir ser exonerados de los impuestos acogotantes establecidos por este gobierno militar presidido por Fuji­mori, han preferido suscribir un contra­to de publicidad que ata a los periódicos y televisoras con el Tesoro Público? Esos impuestos, que la prensa no exige sean derogados, son los más altos, de lejos, de todo el continente americano y del mundo. Y, si es necesario precisar, pre­ciso: “Mientras en EEUU y en muchos otros países no se cobra impuesto algu­no por la compra de papel periódico, en el Perú esos impuestos llegan al 35.7%, seguido por Chile con 18% (El dato es de la SIP). ¿Para qué ha servido en el Perú el acuerdo de la prensa internacional, suscrito en Berlín hace tres años, conde­nando a la tributación con el moderno método de censura contra los medios de difusión?

Sin embargo, el Canal 11 no sólo sufre la presión o acogote tributario, además de sabotaje en publicidad –como OIGA y otras publicaciones de la oposi­ción–, sino que ha sido silenciado volán­dole la señal con una sobrecarga eléctri­ca. Ha sido clausurado el Canal 11 –al momento en que Luis Cisneros, presti­gioso general en retiro, denunciaba la corrupción de la cúpula militar–, por medio de la alta tecnología del Servicio de Inteligencia, los modernos soplones del régimen.

Por tamaño despropósito contra la libertad de expresión alza su voz de pro­testa esta revista. Y no se diga que será una voz en el desierto. Esas voces que van a parar ahí, como los rezos, se juntan a todas las voces de protesta que ha habido en el mundo e irán creciendo hasta derrotar a la dictadura. Siempre, a la larga o a la corta, vencerá la libertad. Siempre habrá un nuevo amanecer para los hombres libres. Así como siempre habrá un día de oprobio para los tiranos.

Ésta ha sido, sin duda, la noticia más lamentable de la semana. Aunque no la única que entristece el panorama electo­ral. También ha habido un cambio de juego en las reglas para las reelecciones, tomando entre gallos y medianoche, por un grupo diminuto de parlamenta­rios del CCD. Con 34 votos sobre 80, se pretende cambiar las normas electora­les establecidas por una ley orgánica o sea sólo modificable con un mínimo de 41 votos. En la nueva disposición, apro­bada a la carrera y promulgada a la velocidad del rayo por el presidente del gobierno militar, se limitan a dos los personeros especializados, cuando son 47 los centros de cómputo esparcidos por todo el territorio nacional, y se crea un nuevo formato de cédula electoral que estaba prohibido en la legislación anterior: la colocación de la fotografía de los candidatos en los votos. Una cos­tumbre colombiana y de algunos otros países que, sin embargo, se presta a suspicacias en el Perú –donde estaba prohibida por ley– porque justamente la larga campaña electoral del presidente y candidato se inició hace más de un año con el reparto constante de almana­ques, con su foto, por todo el territorio peruano, y a lo que ahora se sumará la distribución, en víspera del acto electo­ral, al iniciarse el año escolar, de varios millones de cuadernos con el escudo nacional y ¡la foto de Fujimori a todo color! Este gasto lo cubrirá naturalmen­te el Tesoro y nadie sabe hasta ahora quién paga los calendarios con la ima­gen de Fujimori en todas las poses y vestimentas del folclor peruano. Lo úni­co que se sabe con certeza de estos calendarios es que no llevan pie de im­prenta, lo que es obligatorio, por ley, en el Perú. Mientras que, por lo bajo, se dice que los almanaques son impresos en Sanmarti, una imprenta, privatizada a precio de ganga, dirigida por un nisei que sería hombre de paja de Yoshiyama, el Nº 2 del régimen.

Serán, pues, muy poco transparen­tes las próximas elecciones peruanas. Y a lo anterior había que añadir, entre otras muchas irregularidades, que más de la mitad del electorado habita en las zonas declaradas en emergencia por causa del terrorismo que, al parecer, ha sido ya vencido. Ese control militar -en muchos lugares ya innecesario- ha pro­ducido la muerte de un dirigente aprista, asesinado por una patrulla policial en el norte, y el abaleamiento por soldados del Ejército a una comitiva de Acción Popular, integrada por la fórmula presi­dencial completa del partido del ex pre­sidente Belaúnde.

También el Jurado Nacional de Elec­ciones, que da la impresión de estar prestándose a una pantomima teatral, haciendo de enemigo de Fujimori en la ficción –propone leyes y disposiciones que el CCD cambia a su gusto–, ha puesto un grano de arena muy grande en el entrabamiento del proceso: el con­trol de los servicios de computación del recuento de votos ha sido otorgado por el JNE a una empresa que fue represen­tante de ‘Wang’, pero que hoy no tiene más respaldo que un capital de 80 mil soles y una casita medio desocupada por sede. A esa diminuta sociedad, propie­dad de un nisei, se le dio calificación mayor que a la IBM ¡en capacidad técni­ca y en solvencia económica!... Más tarde el CCD añadió el límite de dos personeros, técnicos en electrónica –cuando son 47 los centros de cómpu­to– por cada fórmula presidencial. Eso se llama torear al alimón.

Y como debe ser infinita la caja de sorpresas electorales que nos tiene reservadas el gobierno militar que preside Fujimori, en días pasados una subpre­fecta –Ruth Benavente– puso en evidencia que no eran perla aislada los oficios del prefecto de Huánuco instando a sus funcionarios a hacer campaña por la reelección de Fujimori. La subprefecta da cuenta detallada a sus superiores – uno de ellos ministro de Estado– sobre las actividades que ha desarrollado en favor de la reelección de Fujimori. ¿Cuántas indiscreciones se seguirán des­cubriendo en estos meses? ¡Los secretos por revelar parece que serán intermina­bles!

lunes, 9 de febrero de 2009

FRANCISCO IGARTUA - EDITORIAL – “MENSAJE Y ESPERANZA” – Revista Oiga 31/07/90

Lo último que puede perderse en un desastre es la esperanza. No diré, pues, que el mensaje presidencial con el que inauguró su mandato el ingeniero Fujimori haya apagado las ilusiones despertadas por el cambio de gobierno. Primero, porque no carece de méritos lo dicho por el presidente Fujimori ante el Congreso -sobre todo su acertada referencia. a que "sólo el trabajo hace posible sociedades prósperas..."-; segundo, porque todavía no se conocen las medidas concretas que revelarán cuál es el plan de gobierno del presidente Fujimori; y, tercero, porque cualquier gabinete ministerial -y el que preside el ingeniero Hurtado es, sin duda, de muy buena calidad- será mejor que la "troupe" de ineptos que rodeaba a la perversidad de Alan García Pérez, magistral manipulador de apetitos y desastroso gobernador de ciudadanos, quien esa misma tarde se despidió de la presidencia soñando con un país regional izado que aún no ha salido de su imaginación y que ojalá de allí no salga porque su intencionalidad es sabotear el desarrollo normal del Perú.

El mensaje del presidente Fujimori no ha matado la esperanza, pero tampoco es cierto que con él se abre un nuevo capítulo en la historia del Perú. Por lo tanto, con toda cortesía, desde estas columnas de leal y democrática oposición, me veo obligado a puntualizar algunos reparos a un mensaje excesivamente largo para lo poco que dijo y que fue farragosamente leído por una persona que no logra dominar el idioma castellano y aún no puede pronunciar la palabra peruanos (dice "per-uanos").

Fue impresionante y hasta conmovedora su tremolante condena a la inmoralidad y su reclamo a que la ética se asocie a la política. Sin embargo, sus palabras -bastante menos elocuentes que las palabras moralizadoras pronunciadas por Alan García en el mensaje de 1985- no pasaron de eso: de palabras. Cuando concretó la idea cayó en una aberración que corteja a las multitudes pero que las hunde en el peor de los males peruanos: el paternalismo. La creación de un "Comité contra la Corrupción a cargo de un ciudadano de reconocida solvencia moral, con acceso directo al presidente y sólo responsable ante él", no tiene nada de nuevo ni de moderno, es la vuelta y revuelta a las comisiones presidenciales, siempre inútiles, como los tribunales de sanción de los años 30 o las recientes comisiones de Paz propugnadas por Alan García; es caer en el más embrutecedor de los vicios nacionales: colocar al presidente, representación del Estado, por encima del bien y del mal, dispensador de favores y castigos. Es hacer del mandatario -el que recibe mandato- un emperador. Es la negación de la democracia; es la quiebra de la institucionalidad, ese respeto a los organismos legales cuyo funcionamiento armónico hace civilizada la convivencia humana y sin los cuales la democracia no se consolida.

Otro es el camino para una verdadera moralización. Y comienza, simplemente con el cumplimiento de la ley. Para lograr el objetivo moralizador que persigue, al flamante presidente Fujimori le hubiera bastado decir: ¡aquí está, de acuerdo a ley, mi declaración jurada de bienes y la explicación de cómo los logré¡ lo mismo harán todos los funcionarios a mi gobierno y cualquier denuncia privada o pública -para eso existe la libertad de prensa-, naturalmente que cualquier denuncia seriamente hecha, sin demagogia ni trastienda política, será cursada por mí ante la Fiscalía de la Nación, que es la institución que la ley señala como cauce para el enjuiciamiento de la inmoralidad en la administración del Estado. Cursaré las denuncias e instaré a la Fiscalía para que investigue y, si es menester, para que acuse ante el Poder Judicial.

Eso sería abrir esperanzas ciertas de moralización y de fortalecimiento de la institucionalidad. Lo que ha hecho el ingeniero Alberto Fujimori es 'lanzar palabras al viento y proponer un comité con olor y sabor a un paternalismo medioeval que, no por estar sumamente arraigado en los pueblos del Perú, es lícito alentar. En el paternalismo es fácil hallar las raíces de muchas de nuestras mayores postraciones.

En lo que estuvo preciso el mensaje fue en el análisis de lo que nos deja el gobierno de Alan García. Haciendo una larga pausa, con severidad, pronunció estas cuatro palabras: "Heredamos, pues, un desastre". Pero no hubo detalle de las medidas económicas que nos sacarán del atolladero de la inflación y la recesión. La esperanza pasa a manos del premier Hurtado MilIer.

Como seña de esa esperanza que no muere, el presidente Fujimori se limitó a anunciar la derogatoria de la Ley de Expropiación de la Banca. Una seña muy pobre, porque viene a resultar algo así como la partida de defunción de un muerto. El certificado de algo que ya ocurrió.

Extrañamente, sobre todo en un hombre que no tiene condiciones histriónicas para ser un demagogo y cuya formación académica lo obligaría a expresarse con sobriedad, el mensaje estuvo cargado de sentimentalismo; hasta tal punto, que en algún momento parecieron sonar las notas de algún tango. Daba la impresión de estar buscando afanosamente votos, el apoyo fácil de la multitud. Alberto Fujimori parecía no estar suficientemente contento con la victoria del 10 de junio. ¿Querrá seguir, como Alan, en permanente campaña electoral?

Pero el aplauso, logrado con facilidad al embestir sin miramientos al Poder Judicial -un Poder del Estado que sin duda está plagado de malos jueces, pero que, en cuanto institución sin presupuesto ni armas, no merece ser tratada como palo de gallinero-, se fue diluyendo conforme se iba perdiendo el mensaje por los meandros de la artesanía, la prioridad de la mujer, el bienestar del niño -"el adulto de mañana" - y la violencia terrorista, violencia "que no puede justificar, de manera alguna, la violación sistemática o esporádica de los derechos humanos". Al llegar a este punto el enfriamiento llegó hasta las huestes de Cambio 90, mientras algunos acuciosos observadores se preguntaban si nuestras Fuerzas Armadas eran las acusadas por violación sistemática de los derechos humanos.

En fin, un mensaje presidencial que la oposición no ve, claro está, con los ojos de los amigos del ingeniero Fujimori, pero que no destruye esperanzas. Les da prórroga hasta la exposición del premier Hurtado.